Durante la Edad Media, la Iglesia tuvo un enorme poder, éste se extendía a todos los ámbitos de la vida. A partir de ella se interpretaba el mundo.
Hoy día, gran parte de ese poder lo ocupa la ciencia. Cuando hablamos de ciencia y científicos, nuestra credibilidad aumenta y nuestro espíritu crítico en muchos otros temas, disminuye. Si haces una crítica a una noticia científica te suelen mirar como ignorante, si en algún momento manifiestas una creencia o práctica no basada en un método científico válido pero que por diferentes circunstancias obtienes resultados, las sonrisas y comentarios surgen a tu alrededor, incluso de personas sin formación científica.
La ciencia está ejerciendo un dominio que no le corresponde, nadie puede olvidar los intereses económicos de la ciencia y el papel fundamental en la economía mundial. Universidades, ejércitos, industrias…todos quieren el trozo de tarta que les corresponde y hablando de ciencia, cada día más, sería muy razonable dudar del “mundo científico” en el que todos estamos inmersos y una gran parte obcecados.
Si tuviéramos el “Gran Libro de la Ciencia” seguramente aún no habríamos superado el prólogo, sin embargo, encuentras a científicos que parecen que han releído el libro varias veces. La altanería es una de las cualidades que más daño puede hacer a una persona que trabaje en este campo, ya que en ocasiones olvida que en ciencia no hay verdades absolutas.
La medicina es una de las ciencias en las que se observa más de lo anteriormente dicho. La principal causa: la disfrutamos y la sufrimos de forma muy cotidiana. No son muchas las personas que se preocupan si descubren el Bosón de Higgs en el CERN pero si lo son las que se preocupan cuando en el informativo del mediodía escuchan que determinada actividad puede provocar tal enfermedad.
Hoy día, nuestra sociedad necesita de la medicina, necesita de los médicos, pero los necesita de forma irremediable ya que la salud quizás sea la principal causa que nos puede sacar fuera de nuestro mundo de “felicidad ideal”. Cuando una persona tiene que recorrer cinco kilómetros para beber agua potable o pensar que hacer para comer una vez al día, quizás no le preocupe tanto los valores de la PSA o hacerse una mamografía cada cierto tiempo. Hay estudios que demuestran que cuanto mayor es el gasto que una sociedad hace en sanidad, más enfermos se sienten sus ciudadanos.
Vivimos sometidos a límites, a intervalos, a revisiones, es como si la medicina se hubiera convertido en una gran gráfica, en el eje X los ciudadanos, en el eje Y los distintos niveles, si uno supera cierto nivel, pasa a otro tipo de gráfica, los “preenfermos”, de ésta lo más fácil es que se pase a la siguiente, la de los enfermos, la reversibilidad hacia la primera se hace casi imposible.
Para mantenernos dentro de estos límites la sociedad tiende a la medicalización. Queremos un medicamento para todo y si no me puedo medicar, por si las moscas tomo un sustitutivo, llámese yogur, para mi colesterol, para mis huesos etc.
Hoy día muchos niños viven su infancia con nombres como apiretal y dalsy. Los padres dominan el mundo de los antitérmicos, si vas a un supermercado te encuentras veinte modelos de termómetros, la amoxicilina no es desconocida para nadie, ver a alguien con un inhalador no es sorpresivo, muchos ancianos toman anticoagulantes, los antihistamínicos nos rodean, cada vez más personas tienen un tratamiento para el colesterol, etc este listado que escribo se me viene de forma automática a la mente, sin necesidad de ponerme a pensar, tiempo atrás seguro que me hubiera sido imposible.
Cuando recuerdo mi niñez, hace veinticinco o treinta años, mi padre me decía que cuando fuera mayor debía mirar los niveles, pero se refería al automóvil, eran los únicos niveles por los que se le veía preocupado. En mi clase, con una ratio de 42 alumnos, había un asmático, y mi madre, era de las pocas personas que utilizaban un inhalador. No recuerdo tomar muchos medicamentos, ni yo ni mis hermanos. Recuerdo que mi madre me ponía paños de agua fría cuando tenía mucha fiebre y en ocasiones me untaba bibaporu en el pecho. Ya, ya…. más contaminación, más virus raros…etc. Supongo que todo eso será cierto, pero ¿qué tanto por ciento corresponde al abuso de medicalización? Esta es la ruta: el paciente tiene un síntoma, quiere la pastillita para eliminarlo, el médico tiene un conjunto de fármacos(seguro estoy que no los conoce al cien por cien) y tira de él quizás muy a menudo, las farmacéuticas cada vez producen más nuevos medicamentos, negocio próspero y para seguir sumando, muchos de los que te rodean se te echan encima ¿no te has tomado la pastilla?, ¿no has ido al médico?
Antes el enfermo era por síntomas, ahora eres enfermo por límites. Tenemos que encontrarnos dentro de los límites establecidos, tenemos que hacernos las revisiones pertinentes, pero estos límites y estas revisiones están dentro de protocolos que no escapan a la discusión científica y a la controversia. Cada vez más, afloran los estudios en los que se pone de manifiesto que esos límites son cuestionables así como que las revisiones no son tan preventivas. Van apareciendo publicaciones en las que estadísticamente se muestra que los falsos positivos y el sobrediagnóstico están haciendo daño a un número considerable de la población.*
* Por cada 2500 mujeres, entre 5 y 15 serán diagnosticadas de forma errónea de cáncer, siendo sometidas innecesariamente a radioterapia, quimioterapia y cirugía, algunas de ellas mutilantes. New England Journal of Medicine.
* http://vimeo.com/33100616 PSA
Considero que la medicina actual refleja la crisis por la que está pasando la ciencia en general. Una ciencia donde el desarrollo de la tecnología está superando el tiempo que necesitamos para comprender la naturaleza, dónde las estadísticas se convierten en verdades absolutas, dónde los número nos sirven para catalogar y donde crecen raíces de supuestas verdades que nunca han sido demostradas. Una ciencia ligada fuertemente a intereses creados.
Para terminar algunos deseos:
Me gustaría pensar en el médico como un profesional que comprendiera el funcionamiento del cuerpo humano y supiera escoger el mejor camino para sus pacientes, y no como una persona que entiende de límites numéricos y farmacología y a partir de ahí intenta capar todas aquellas medidas que se salen de los valores estándar.
Me gustaría que los pacientes no representáramos tan bien esta palabra y trabajáramos por una salud con futuro antes que por un presente sin síntomas.
Me gustaría que la sociedad no exigiera a los procesos naturales la rapidez con la que se realizan los procesos tecnológicos.
Me gustaría que nuestra intuición no fuera eliminada por un razonamiento voraz.